San Quintin
“aquí nos platicaron que ustedes se levantan a trabajar a las cuatro de la mañana y regresan a su casa otra vez hasta las cinco de la tarde, a veces más tarde. Si me sale bien la cuenta son trece horas, entonces, ¿por qué sólo les pagan ochos horas?. Quiere decir que una familia aquí en el Valle de San Quintín, tendría que trabajar exactamente tres o cuatro veces lo que está trabajando ahorita, pero si el día sólo tiene 24 horas. Si tendría que trabajar para ganar lo necesario para vivir, un solo trabajador, tendría que trabajar cuarenta horas al día, sin comer y sin dormir, para nomás irla pasando” Palabras del Sub Marcos, en su paso por San Quintín en el mes de octubre de 2006.
En Baja California todo mundo lo dice San Quintín es feo, muchos lo dicen porque han estado ahí, otros porque lo han escuchado decir, el resto del país no podría ubicarlo en el mapa, a pesar de que la mayoría de los tomates en las mesas mexicanas provienen del éste alejado poblado. Y es feo, según cuentan, porque sopla mucho el viento que lo llena todo de polvo, que el aire a veces se vuelve irrespirable y que está lleno de indios, todos con el rostro cubierto con un paliacate, al más puro estilo zapatista, sin ser parte de ningún ejercito que les exija anonimato, esto se debe a la necesidad de protegerse de los pesticidas y demás sustancias tóxicas que se emplean en estos cultivos sumamente prósperos y que han enriquecido de manera acelerada a una sola familia de la región, Los Rodríguez, dueños y señores de una gran extensión de tierra en San Quintín y de lo que en ella se produce.
La primera vez que fui a San Quintín fui a visitar su radio indigenista, es una radio de gobierno, que pertenece una grupo de radios indigenistas creadas desde hace varias décadas por el Ex – INI, como radios bilingües, para fortalecer el uso de las lenguas y el flujo de información en las comunidades indígenas. Estuve en la radio y en su celebración de 10 años de estar al aire. La radio es un importante termómetro para darse cuenta de la importante expansión que ha tenido la presencia indígena en el valle y como un medio para ir dando sentido (incluso desde el antagonismo) a esa presencia. A mi me gustó el Valle desde esa primera vez, sus rostros y sus necesidades no son distintos de los del resto del país de los de muchos lugares indígenas y no indígenas que pude conocer durante los estudios en Antropología, sólo que para mi aquello era mi territorio, territorio migrante, como siempre he sido yo en Baja California, está ubicado a sólo tres horas al sur del lugar donde crecí. Símbolo de los lugares que se han constituido y consolidado económicamente por pueblos migrantes (por casi todo un pueblo, en algunos casos), San Quintín ha merecido diversos estudios de índole demográfico, social, económicos y escasamente de salud o educativos. En uno reciente “San Quintín; Un camino al corazón de la miseria”, realizado por dos médicos que radicaron a lo largo de diez años en la localidad, en el estudio comentan:
“año con año se destinan grandes cantidades de recursos económicos tratando de mejorar las condiciones de vida de los grupos indígenas que trabajan como jornaleros agrícolas en el Valle de San Quintín [….] pero con frecuencia las decisiones más importantes se basan en visiones centralistas (que aplican estrategias de intervención ocasionalmente exitosas en otras localidades) que en muchas ocasiones en lugar de mejorar las condiciones de vida de estos grupos marginados las empeoran o en el mejor de los casos las soluciones se retrasan por mucho tiempo e incrementan los costos económicos y sociales” pág. 10
Cuando vas camino al sur de la península es mejor pasarte de largo y lo más rápido que puedas de ésta zona tan poco agradable para la vista del turista nacional y extranjero, pero no es fácil pasarse de largo tan rápido, su extensión territorial es de 36, 941 km, es decir más del 50% del municipio de Ensenada, una superficie más grande que varios estados del país. Más vale no preguntarse que hay dentro de los miles y miles de invernaderos que pueblan el horizonte, hasta donde te alcance la vista, parece ser la recomendación tácita para el viajero o el visitante ocasional. Lo que hay dentro son hombres, mujeres, adolescentes y no pocos niños, invisibles para el que atraviesa la región por el motivo que sea, invisibles también para el sistema de sanidad, para las leyes laborales, para el resto de la sociedad. En su mayoría son gente de origen campesino, de los estados de Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Sinaloa, todos en busca de la vida, del jornal diario, otros huyendo de la violencia que el tráfico de drogas en cada vez más regiones del país.
En San Quintín, las cosas son así, desde una treintena de años cuando se empezaron a dar las primeras llegadas de inmigrantes a la región, cuando los cultivos de Los Rodríguez aún eran a cielo abierto, todavía no había invernaderos y la zona empezaba a despuntar económicamente por éste tipo de agricultura intensiva. Los primeros llegaron en camiones traídos directamente del estado de Oaxaca, y otros desde campos de cultivo de Sinaloa, donde los cultivos de temporal permitían el desplazamiento a otras regiones en lo que llegaba la época de pizca el año entrante, eran jornaleros itinerantes, iban de un lado a otro dependiendo de las temporadas de recolección en los campos agrícolas, Sinaloa, Sonora y Baja California son los principales polos de atracción, estados en su mayoría áridos, con problemas de irrigación de agua, donde grandes extensiones de tierra habían empezado a ser explotadas por unos cuantos, con una gran inversión para hacer productiva una tierra donde la vegetación es escasa y la precipitación pluvial de muy bajos niveles. De éste modo, los que llegaban igual regresaban a sus estados de origen o a otros donde hubiera cosecha, al cabo de unos meses y de haber ganado suficiente para no volver con las manos vacías a sus comunidades.
Éste panorama fue cambiando con la llegada de la agricultura de invernadero que permite tener cosecha de tomate durante todo el año, con lo cual cada vez más gente se fue quedando de manera permanente en la región, familias y grupos de familias asociadas por las comunidades de origen, es decir por pertenecer al mismo Pueblo de Guerrero o Oaxaca, donde las estructuras de la organización social giran en torno a la comunidad y sus límites lingüísticos, económicos y geográficos, fueron dejando los campamentos, que son unas precarias estructuras para vivienda que los patrones construyen en los alrededores de los campos agrícolas para albergar a los jornaleros que llegaban por temporadas, estos campamentos consisten en un grupo de habitaciones pegadas unas con otras, de materiales de construcción muy inestables como la madera, la lámina y el cartón, donde por cada 4m², se pueden albergar a unas 10 personas más o menos, dependiendo de las necesidades de la cosecha, sin servicios como agua, o energía eléctrica los campamentos para jornaleros en el Valle de San Quintín llegaron a ser auténticos ghettos, insalubres, peligrosos (robos y violaciones son los delitos más comunes en estos sitios) y que reflejaban la situación de esclavismo en que los patrones mantenían a sus trabajadores de temporal, impidiéndoles abandonar los campamentos durante la época de cosecha e instalando una estructura de pago como las tienda de raya del período porfirista en México, que son lugares donde se adquieren los productos necesarios para la substancia en los que el trabajador se endeuda durante la semana y al cobrar se le va descontando sistemáticamente el consumo realizado a precios inflados naturalmente, y esto no es 1910 en Chiapas, sino los ochentas y noventas en el corazón de Baja California, considerada la entidad más progresista del mapa mexicano y orgullosa bandera del panismo, corriente política dominante en el estado.
Las familias empezaron a dejar los campamentos para buscar terrenos donde establecerse de manera definitiva, así se formaron un gran número de colonias de las que conforman actualmente el poblado de San Quintín, asentamientos irregulares en sus inicios la mayoría. En San Quintín se habrían de dar una serie de luchas sociales mediante la ocupación de terrenos nacionales y la defensa de su ocupación por parte de organizaciones que defendían su derecho a la tierra, en esa lucha, que habría de tomar algunos años antes de regularizar la tenencia de la tierra en manos de sus ocupantes habrían de darse episodios sangrientos, en los que al menos un líder indígena perdió la vida, Maclovio Rojas, en honor al cual lleva una colonia su nombre, actualmente muchas de esas jóvenes colonias llevan nombres como “El papalote”, “La Nueva Esperanza”, “Las flores”, nombres que reflejan la necesidad de los nuevos colonos de vivir digna y pacíficamente en ese lugar árido y despoblado que les ofrece la oportunidad de ganarse la vida y salir adelante que en sus pueblos de origen les es negada. San Quintín empezó a crecer en número de población en muy pocos años, la afluencia de inmigrantes a la zona sigue siendo cosa de cada día, el crecimiento poblacional que presenta esta localidad es muy alta, llegando a alcanzar los números necesarios para exigir su municipalización, cuestión de tintes políticos y económicos que convierte a la zona en un botín que actualmente se disputan varios sectores políticos y de inversionistas que ven potencial humano para ser (aún más) explotado en la zona, ahora por las maquiladoras asiáticas que prevén entrar en la región en el puerto que será inaugurado próximamente. Actualmente se sabe que en San Quintín están representados con al menos un habitante, 32 de los 62 grupos indígenas que se reconocen oficialmente en el país, siendo mayoritarios los que son originarios de Oaxaca, siendo éstos principalmente el Mixteco ( con sus variantes lingüísticas alto y bajo) Triqui (con sus tres variantes, el copaleño, el Itunyoso y el Chicahuaxtla) y el Zapoteco (Istmeño y de la Sierra), así como una presencia también significativa de nahuas de Guerrero y Purhepechas de Michoacán.
Las condiciones de los campamentos en la región de San Quintín han mejorado un poco, desde que han sido objeto de muchas denuncias y débiles llamadas de atención por parte del aparato gubernamental, aún en la actualidad el acceso a los campamentos es restringido, por razones de seguridad argumentan los vigilantes. Como es ya evidente en San Quintín se concentra la mayor parte de la población indígena del estado de B.C., los llamados migrantes, de acuerdo a la distinción que las instituciones gubernamentales hacen de población indígena nativa y de otros estados, puesto que en el estado sobreviven 5 grupos indígenas nativos en la región norte del estado, en localidades muy alejadas de los centros de población (actualmente azotadas por el narcotráfico que se disputa su ancestral territorio como lugar de paso para la droga), con un número de hablantes de lengua indígena muy bajo (van de los 5 hablantes del Kiliwa a los 250 del Paipai), así nativos y migrantes son categorías operativas comunes en la jerga institucional y también de uso coloquial entre la población mestiza que los asocia con los nuestros y los de fuera, es decir, los buenos y los malos de la película, aunque esto no quiere decir que los nativos lleguen a obtener beneficios directos de tal distinción, más allá de ser estandarte del incipiente orgullo de ser bajacaliforniano que reconoce sus ancestrales tradiciones como patrimonio local.
Aunque la población indígena migrante no sólo se encuentra en la región de San Quintín (éste es un fenómeno demográfico más o menos reciente) en el municipio de Tijuana y en la Ciudad de Ensenada su presencia ha sido visible de modo permanente desde finales de los 70, inicios de los 80, la frontera ha sido polo de atracción para la gente de Oaxaca por dos razones principalmente, por su cercanía con los EU y la ventaja potencial que ofrece para hacer un cruce seguro hacia ese país y por el turismo que ofrece una oportunidad de ingresos por la venta de artesanía y la mendicidad en las zonas turísticas que es una forma de aportar algo al sustento familiar exclusivamente de mujeres y niños. Baja California, en éste sentido, es un lugar de contrastes y San Quintín es uno de sus polos más radicales. Recientemente, pude escuchar dos comentarios que me llamaron la atención por lo opuesto entre ellos dos y por lo que las lecturas que pueden ofrecer, por un lado, en una reunión interinstitucional para dictaminar la viabilidad de proyectos de cultura indígena en San Quintín, a la que fui invitada como miembro de la sociedad civil y habitante de la localidad, una abogada miembro del comité de dictaminación y representante de una institución educativa de nivel superior comentó que en un encuentro reciente sobre migración y derechos humanos en la entidad se mostraron estadísticas recientes que señalan a Baja California como el estado con menos discriminación, haciendo especial referencia a la discriminación por origen étnico, orgullosamente, mostraba la abogada, en Baja California no se discrimina a los indígenas, al menos no como en Chiapas o en Oaxaca, aclaró. Por las misma fechas y como parte de un recorrido por los 32 estados del país para encontrarse con organizaciones indígenas de todas partes, el Sub Comandante Marcos, líder guerrillero del ejército zapatista, diría en la ciudad de Ensenada, cabecera municipal a la cual pertenece San Quintín, que en ninguna parte, de todo el recorrido que había hecho hasta entonces había visto que los indígenas fueran objeto de tanto desprecio y explotación como en San Quintín, la prensa estatal le acusó de demagogia. Las opciones de interpretación de las dos valoraciones son muchas, lo que es evidente para unos es invisible para los otros.
De ésta manera en Baja California, el aparato estatal mantiene, desde siempre, una posición de una supuesta igualdad, de ser un territorio de trabajo y esperanza, para aquel que quiera formar parte de su sociedad e integrarse a sus valores, desde ésta óptica, en Baja California no se atiende a los grupos indígenas de manera diferenciada, los apoyos en salubridad, educación y asistencia social que éstos reciben en Baja California son de programas e instituciones federales como la CDI, el IMSS y la SAGARPA. Para la política estatal los grupos de migrantes son campesinos desfavorecidos y a pesar de que las generaciones nacidas en el estado van en aumento, su política de invisibilidad hacia la diferencia, la mayoría de los pobladores de San Quintín son y seguirán siendo migrantes, marcados por la indeferencia, por el desconocimiento y extrañamiento hacia sus manifestaciones culturales asociadas a costumbres retrógradas.
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